Al acebo en Navidad se le considera como "ramo de la suerte", pero esta es una función reciente, ya que en todos los cultos y tradiciones agrarias de Europa siempre lo ha sido el muérdago.
Fue la Iglesia católica la que prohibió, por pagana, la presencia del muérdago en los hogares por Navidad y forzó el empleo del acebo, ya que decía que sus hojas recuerdan las espinas de la corona de Cristo y sus bayas rojas la sangre que derramó durante su pasión.
El acebo es un árbol natural de China. Crece en barrancos muy sombreados y en los bosques de encinas, robles o hayas del sur y oeste de Europa. Sus hojas, perennes con borde ondulado y erizado de pinchos mantiene el color verde durante todo el año. Sus frutos de color escarlata o rojo vivo sirven de alimento a muchos animales que dependen de ellos para mantenerse en la escasez del invierno.
Actualmente es una especie poco abundante debido a la deforestación y a la excesiva recolección que sufre en época de Navidad.
Hasta el siglo XIX el acebo no ha tenido un lugar relevante en la decoración navideña, en que se fue incoporando junto al muérdago como "ramo de la buena suerte".
En la primera década del siglo XX se confunde totalmente su significado con el muérdago y fueron los diseñadores gráficos los que con la necesidad de colores vivos para estampas y felicitaciones navideñas, los que fueron dando mayor prestigio al acebo.
La presión publicitaria de esas imágenes creó una moda decorativa que disparó la demanda de esta planta en los mercados navideños.
Por esto hay muchas personas que adjudican al acebo cualidades de buen augurio que, por derecho, sólo corresponde al muérdago. Aunque si la Navidad debe movernos a compartir con el que nada tiene, el muérdago nos da un ejemplo maravilloso, ya que con su generosidad ha dado todo el protagonismo a su más directo competidor.