Conocemos popularmente como misa del gallo, aquella que se celebra a partir de la medianoche de Navidad y es, por lo general, una de las más concurridas.
El catecismo holandés decía: "En la noche más larga del año, la Iglesia rememora el nacimiento de Jesús, Lo hace celebrando la eucaristía tres veces: a medianoche, al alba y a mediodía, cada vez con cantos y plegarias nuevas. Esta costumbre nos viene de Jerusalen. Allí se celebraba la vigilia en Belén".
El recogimiento que actualmente tienen los creyentes en esta misa, no tiene nada que ver con la manera en que se venía celebrando desde la Edad Media hasta principios del siglo XX. En el pasado este acto quedaba bajo una alegría popular desbordada que solía resultar escasamente respetuosa en el entorno.
Esta misa era una de las más animadas, ya que acudían todos, grandes y pequeños, y de todos los estamentos acompañados de panderos, triángulos, castañuelas, pitos ...dispuestos a armar jarana, y en los pueblos ganaderos acudían además los pastores vestidos con la indumentaria típica y generalmente acompañados de un cordero o un carnero.
Una costumbre extendida por todas las regiones mediterraneas era la de instalar en la iglesia una joven que acabase de parir, junto con su niño, acompañada del hombre más barbudo del lugar que durante un tiempo antes debía dejar descuidada la barba y larga. La madre debía besar y acariciar a menudo al bebé, y cuando el hombre se disponía a hacer lo mismo, era abucheado por la gente y le exigían que se cortase la barba.
¿Porqué la llamamos misa del gallo?
Una antiquísima fábula afirma que el primer ser vivo que vió el nacimiento del niño Jesús y lo comunicó al mundo, fue un ave. El gallo, debido a su potente voz y a su función diaria de notificar a los humanos el nacimiento del sol, acabó siendo el representante de las aves.
Desde el punto de vista simbólico el gallo representa un signo solar en la mayoría de las culturas y está intimamente asociado a la fecundidad y al renacimiento.
En los templos, hasta principios del siglo XX fue habitual que la llegada de la medianoche de Navidad fuese anunciada con el canto de un gallo.
Todos estos festejos y algarabias terminaron con el auge de la cultura urbana y ya, durante todo el siglo XX, los jolgorios populares que caracterizaban esta misa fueron dando paso a liturgias ordenadas y burocratizadas al gusto de la burguesía urbana que comenzó a desarrollarse de la mano de la revolución industrial.